El médico real

Felipe V, como es sabido, era un desgraciado hipocondriaco, sujeto a toda clase de caprichos(…) Descubrióse que no había nada tan eficaz como para hacer desaparecer las reales jaquecas como el poder de la música; por ello cuidaba la reina de tener a su disposición los mejores ejecutantes, tanto vocales como instrumentales, y conservaba al famoso cantante italiano Farinelli en la Corte, como una especie de médico real.

Sin embargo, en el momento del que hablamos, había cruzado por la imaginación de este sapiente e ilustre Borbón un antojo que sobrepujaba a todas las anteriores extravagancias. Después de un largo periodo de imaginaria enfermedad, en que se malograron todas las melodías de Farinelli y los conciertos de toda una orquesta de violinistas de la Corte dio, obstinadamente, en la idea de que había entregado su alma a Dios y se consideró absolutamente muerto.

Washington Irving. Cuentos de la Alhambra

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