Aventura fraternal

Después de nuestra visita al cementerio, cuyo carácter sacrílego ni sospechábamos, emprendimo el camino de regreso por los montes pelados, calcinados por el sol, en busca de alguna gruta misteriosa. El vino dulce seguía animándonos a cometer audacias ante las que retrocederían los mayores: saltar al fondo de una sima profunda y estrecha, gatear por un túnel y salir a la primera caverna. Todo nuestro equipo de espeleólogos se reducía a un cabo de vela recogido en el cementerio. Mientras duró la luz seguimos adelante. Luego, de pronto, nada, ni luz, ni valor, ni alegría. Se oía batir de alas de murciélago. Luis dijo que eran pterodáctilos históricos, pero que él nos defendería de sus ataques. Uno de nosotros dijo que tenía hambre, y Luis se ofreció heróicamente a ser comido. Él era mi ídolo, por lo que, deshecha en llanto, pedí que me comieran en su lugar: yo era la más pequeña, la más tierna y la más tonta del primer grupo de hermanos.

Recuerdo de Conchita Buñuel

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