Movilidad de la belleza

La hermosura de Paz era mudable. Puedo recordar sin la menor resistencia el rostro de esa noche, aunque el más perdurable, el que se le presenta aún en sueños es el otro, el del hotel, el de las pequeñas tabernas del Village, el del restaurante del Museo de Arte Moderno, una cara que por su inmovilidad, su lejanía, su aire de decir constantemente con los ojos, con las comisuras de los labios, con los huesos: “¿Qué importa, qué puede importar esto, si a fin de cuentas y en verdad nada importa?”, difícilmente podía compararse con ningún otro, a menos que su avasalladora carencia de realidad lo asociara con ciertos momentos de “Angel”, con la escena final de “Shanghai Express”.

Sergio Pitol. El tañido de una flauta

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