Ay

Carlomagno asoló España. Tomó los castillos, violó las ciudades. Su guerra -dice- está acabada. Hacia la dulce Francia cabalga el emperador. A la noche, el conde Roldán sujeta a su lanza el gonfalón. En la cima de un otero lo yergue hacia el cielo. A esta señal, los francos acampan por todo el contorno.

Entonces, por los anchos valles, vienen cabalgando los infieles. La cota llevan puesta, el escudo al cuello, atado el yelmo, la espada ceñida y la lanza aparejada.

En un bosque, en la cima de los montes, hacen alto. Son cuatrocientos mil los que esperan el alba.

¡Dios, qué dolor que nada sepan los franceses!

El cantar de Roldán

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